La Visita (o la historia de Shyamalan y el público)

Escribir sobre La Visita supone el ejercicio crítico más difícil de los últimos meses, un desafío que ninguno de los aficionados al séptimo arte va a ser capaz de realizar: se trata de enjuiciar la última obra de M. Night Shyamalan sin atender o, mejor dicho, sin darle importancia a la persona que la dirige. Y es una tarea completamente imposible. Puesto que La Visita sin Shyamalan no tendría sentido. Al igual que la carrera de Shyamalan tampoco tendría sentido sin La Visita.

Y es que en los últimos años no ha habido un director en la historia del cine comercial más ligado a cómo ha respondido el público a su filmografía que el director indio. La carrera comercial y crítica de Shyamalan es bien conocida hasta por aquellos que, a pesar de gustarles mucho el cine, no se detienen más allá de los créditos. El director pegó el petardazo a finales del 99 con aquella historia sobre un niño que veía fantasmas. La acogida fue tan masiva que recaudó casi diecisiete veces su presupuesto y cuando un año después llegó con su siguiente película el público se adueñó de las expectativas que debía generar el autor y le exigió que repitiera su fórmula. Y a pesar de cumplir con su famoso giro de guión, el público se encontró con una de las propuestas más arriesgadas y mejor ejecutadas que se han podido ver jamás: un estudio fílmico sobre el origen del superhéroe, sólo que ambientado en un mundo no fantástico y con la sombra del divorcio bailando con los personajes de la película. El público no la entendió. Lógico, era demasiado arriesgada y sobresaliente como para que la apreciaran como es debido. ¿Cuál hubiera sido la recepción crítica y comercial si El Protegido se hubiese estrenado hace meses, después de 15 años de películas de Marvel? A pesar de que con su siguiente película (Señales) obtuvo una gran acogida comercial, los verdaderos palos empezaron a lloverle con su siguiente propuesta: El Bosque, un preciosísimo relato en el que los personajes se movían por el miedo -el miedo y la sobreprotección surgida a raíz del 11S- y, sobre todo, por amor. Su siguiente propuesta, La Joven del Agua, fue el punto de inflexión para que los espectadores terminaran de rechazar las historias que les proponía y empezasen a ir con la escopeta cargada a ver todas y cada una de sus futuras películas. En palabras de Noel Ceballos, fue el propio público el que colocó al autor en una posición muy injusta dentro de la cultura popular. De alguna manera, traicionando a sus principios fílmicos, Shyamalan se vio obligado a abandonar su autoría para venderse al Hollywood comercial y así poder recuperar algo de la cuota de pantalla que esa ramera que es la taquilla decide si te dará dinero o no para financiar tu siguiente obra. Y fue precisamente con sus dos películas más comerciales, Airbender y After Earth, con las que terminaría de estrellarse con el público más indeciso e injusto de la historia.

Rechazado por sus propios espectadores, M. Night Shyamalan ha sabido programar la jugada perfecta para volver al terreno de juego, pero no por la puerta grande, sino colándole a la taquilla un gol por la escuadra. El director hindú se ha visto obligado a realizar una película de pequeño presupuesto y a pagársela de su propio bolsillo desembolsando 5 millones de dólares, una cantidad ridícula para los presupuestos que manejaba. Y una vez vista La Visita, poco importa que tuviera que costar más o menos, Shyamalan sabe ajustar al máximo los recursos de los que dispone y nos ofrece un relato filmado de la manera más sencilla posible y sin grandes estrellas de apellidos Whalberg o Smith que puedan estropear la función. Al venir producida por los creadores de Insidious y Paranormal Activity, puede que sea la primera vez en la historia de la filmografía del director que el marketing está vendiendo la película como lo que verdaderamente es: un relato con tintes de terror en el que dos niños van a conocer a sus abuelos durante una semana y estos abuelos empiezan a hacer cosas raras por la noche. No obstante, y al igual que a lo largo de toda su filmografía en la que podemos encontrar la mayoría de estos elementos, Shyamalan vuelve a sus orígines y sigue hablándonos de esa familia rota que necesita volver a estar unida para vencer a lo sobrenatural. Como también dice Pere Vall, Shyamalan vuelve al terror básico, al cuento para no dormir, al ruido extraño detrás de la puerta.

Y para volver al terror que tanto resultado le dio en los momentos espeluznantes de El Sexto Sentido y Señales, Shyamalan se atreve a jugar con los subgéneros del found footage (metraje encontrado) y el documental que hemos visto tantas y tantas veces en los últimos años: Paranormal Activity, Monstruoso, REC, Chronicle, Project Almanac, En El Ojo de la Tormenta, etc. La pregunta que le puede surgir al espectador es que si después de tantas y tantas películas con el mismo estilo era necesario que un director de la talla de Shyamalan se pusiera a jugar con las camaritas. Y la respuesta es que sí. No sólo porque encuentra en la historia la propia justificación para que las use (la historia la conduce una niña de 16 años que quiere realizar un documental sobre la semana que va a pasar con sus abuelos), sino que además M. Night se atreve a introducir una segunda cámara, ponerla en manos del hermano pequeño, y jugar con una narrativa en la que intercala lo que van registrando ambos objetivos a la vez. El juego de planos y de suspense está servido y a merced de hacerlo pasar muy mal a los espectadores en determinados momentos. Y no sólo porque al jugar con dos cámaras el director nos va a enseñar lo que él quiera en el momento determinado dejando fuera de plano lo que nos aterra, sino que en muchos momentos rompe las reglas del género y se burla de nuestras expectativas respecto a lo que creemos que nos vamos a encontrar, como ese plano estático del salón en el que estamos pendientes de ver qué es lo que verdaderamente ocurre y uno de los personajes agarra la cámara. Quienes ya la hayáis visto sabréis de qué hablamos. Al igual que no sólo va a romper con nuestras expectativas sobre el terror, sino que cuando menos nos lo esperamos va a introducir un humor negrísimo en el relato y va a lograr que el patio de butacas dude entre morirse de miedo o morirse de la risa, puesto que los momentos cómicos están introducidos de una manera soberbia gracias a ese pequeño gran descubrimiento que es Ed Oxenbould, el niño que interpreta a Tyler, el hermano pequeño de esta historia y que protagoniza momentos delirantes que nos liberan de la tensión que llevamos acumulada y que descargamos en forma de sincera carcajada. Mucha atención a la escena en la que imita a su abuela.

Como decíamos anteriormente, no podemos entender el porqué existe una película como La Visita sin atender a las razones que han llevado al director hindú a realizarlas. Quizás vayan a verla sin saber quién la ha dirigido quizás se encuentren con una película normalita y muy disfrutable. De hecho, si eliminásemos de la ecuación el nombre de Shyamalan nos encontraríamos con una película mediocre y que, en su esencia, nos puede estar contando una chorrada como un piano. Pero claro, viene firmada por quien viene firmada y eso hace que fijemos el punto de atención (y nuestras afiladas garras) en quien maneja las cámaras. Y si hay otra película que recuerda mucho a la situación en la que se encuentra Shyamalan quizás sea Los Amantes Pasajeros, de Pedro Almodóvar, quien nos demostró con ella que no le debe nada al público que muchas veces le ha dado la espalda y que se puede permitir contar la historia que le dé la real gana. Y aplaudo la valentía de ambos autores por hacerlo, que para eso son cineastas y su trabajo es contar historias. Aunque no debemos olvidar que ellos jamás nos dejaron de lado a nosotros.

El Superhéroe de Shyamalan: El Protegido

Repasando un poco la historia del cine y de los superhéroes, podemos comprobar cómo en Octubre del 2000 se abrió una senda muy peligrosa tanto para el cine como para los cómics. En aquel mes se estrenó X-Men, una película que terminó recaudando 296M$ en todo el mundo. Desde aquel estreno, las 5 majors vieron en las historietas un filón interminable de personajes populares y archiconocidos por toda la sociedad con la que podrían rellenar sus filas de estrenos durante algún tiempo. A lo largo de estos 10 años que nos distan de aquella primera adaptación, se han hecho alrededor de 45 adaptaciones de cómics y novelas gráficas, algunas con más fortuna que otras. Lo que sí estaba claro es que las productoras veían gracias a DC Comics, Marvel y otras líneas como Vertigo o Dark Horse auténticas franquicias en personajes como Superman, Batman y Spider-Man, ya que entre los lectores ya fieles, entre los moñecos para niños y los videojuegos, el negocio estaba asegurado. No me extiendo más porque la historia de las adaptaciones para superhéroes no da para un post, da para una tesis de doctorado.

En ese mismo año, M.Night Shyamalan se adentraba también (fruto de la casualidad, ojo) en el mundo de los superhéroes, pero desde su particular punto de vista. Por aquel entonces, la película terminó recaudando 248M$ en todo el mundo, pero debemos recordar que 'El Protegido' se trataba de la siguiente película después del bombazo que supuso El 6º Sentido. La película enamoró a muchos y defraudó a todavía más, ya por aquel entonces fue el inicio de la brecha en los corazones de muchísimos espectadores que se creían que se trataba de la película de Bruce Willis. Está claro que si Shyamalan hubiera hecho la película este año hubiera ocurrido dos cosas: 1. Que se hubiera meado en el 75% de las adaptaciones que se han hecho, por el fantástico guión que tiene -original, además- y por la perfecta y exquisita realización por parte de Night. 2. Que le hubiera caído una lluvia de palos más grande incluso que la de Airbender.

GÉNESIS DEL HÉROE Y SU VIAJE
Para explicar a David Dunn, el personaje/héroe que interpreta Bruce Willis me gustaría referirme brevemente a Kick-Ass, una novela gráfica que parodia todo este mundo de superhéroes (y la mejor película que llevo vista este año, por cierto). En ella nos contaba, a modo de broma, que Kick-Ass había nacido no porque hubiesen matado a sus padres (Batman), sin arañas radiactivas ni sin ser un refugiado de un mundo extraterreste destruido. Por lo general, el mundo de los superhéroes de Stan Lee o de la Marvel siempre juega con la genética, con los experimentos que resultan fallidos o con seres venidos de otro planeta. Pero como siempre ocurre en el cine de Shyamalan, el director nos sitúa a sus personaje siempre en un mundo real, cotidiando, del día a día, el que bien podría pasarle a ti o a tu vecino. Y en este caso David Dunn (Willis) es un triste guardia de seguridad, con tantos problemas en su familia y en su matrimonio que está pensando incluso en mudarse de ciudad. Lo que viene a continuación es algo que todos sabemos ya: sufre un accidente de tren donde él es el único superviviente; no contento con eso no tiene ni un rasguño, está ileso (por cierto, que nadie me acuse de que esté destripando nada, habéis tenido 10 años para verla).

Partiendo de esta premisa tan trágica y misteriosa, Shyamalan comienza a construir su héroe de las mil caras con todas las etapas del viaje (Campbell), pero desde su particular prisma. El accidente de David no supone ninguna liberación para su mundo ordinario, su matrimonio continua con la misma tristeza. Pero un día recibe una nota de un misterioso coleccionista de cómics, que supondrá su llamada a la aventura. Lógicamente, David rechaza dicha propuesta por parte de quien, sin quererlo, terminará siendo su mentor (Elijah Price); niega que pueda tener poderes sobrenaturales como que nunca se lesione ni caiga enfermo, lo niega rotundamente porque estamos en un mundo realista, donde las viñetas de cómics no caben en la vida real. Él se niega a creer las palabras de Elijah, pero estas cada vez cogen más fuerza cuando va recordando su pasado y cuando descubre que hay un hombre en el estadio que lleva una pistola plateada con culata negra. David encontrará en su hijo a su mayor aliado, con la prueba del levantamiento de pesas y la escena de la pistola. Una vez que David acepta que verdaderamente nunca enfermó es cuando se acerca a probar definitivamente la teoría de Elijah, en una secuencia con la prodigiosa música de James Newton Howard. Es ahí cuando acepta sus poderes y se lanza de lleno a cumplir su misión: proteger a la gente. Su prueba definitiva será la lucha contra el hombre naranja, de quien sale victorioso y con su recompensa/elixir: el reconocimiento de lo que, inconscientemente, siempre ha sido: un héroe. El camino de regreso a casa le brindará con la reconstrucción de su vida y su amor, Audrey. Y con la mayor sorpresa para todos los espectadores: que Elijah Price (un prodigioso Samuel L. Jackson) no solamente ha sido su mentor sino que se convierte en el villano, en quien será su archienemigo y siempre estará ligado a él.

LO IRREAL EN EL MUNDO REAL
Este viaje y patrón narrativo puede aplicarse perfectamente a cualquier otro superhéroe, casi todos han pasado por las mismas etapas. Con el especial toque de situarlo en mundo real, donde los héroes no intentan lograr el amor de Mary Jane o de Lois, sino que intentan que su matrimonio no se vaya al carajo. Shyamalan tiene el prodigio de volver a introducir lo sobrenatural en el mundo natural, al igual que colocó fantasmas en un aspecto cotidiano, que introdujo alienígenas en un típico pueblecito o incluso damas de cuentos en un barrio de vecinos que bien podría ser el mío...

Shyamalan recrea, con David Dunn, su particular y precioso homenaje a este mundo del cómic, forjando un guión de hierro en el que cree firmemente y que en ningún momento se tambalea. Por supuesto, si hay algo que hay que destacar de la película además del guión es su realización, limpia, perfecta y exquisita, con una planificación al milímetro, donde Shyamalan nos regala muchos de los mejores planos vistos en el cine en 15 años: el encuentro de David con la mujer en el tren, con una cámara que no cambia de toma; la pelea con el hombre naranja, también sin cambiar de toma; y el plano de las cortinas, el mejor de la cinta -y de la década me atrevería a decir-, donde nosotros los espectadores, inquietos y curiosos, solo podemos ver por donde Shyamalan quiere que veamos. Todo ello apoyándose en James Newton Howard y su poderosa e inusual banda sonora, quien se convierte en el mayor héroe del cine de Shyamalan y quien le acompaña (y hará que nosotros también lo hagamos, con los oídos) en todos sus viajes.

Airbender y el mejor director del siglo XXI

M.Night Shyamalan es el mejor director del siglo XXI, sin duda. Pensadlo bien y no encontraréis a otro igual que levante tantas pasiones y odios cada vez que estrena una película. De nadie se habla tanto: ni Scorsesses, ni Spielbergs, ni Bays, ni Allens, ni Amenábares, ni Camerons ni Almodóvares. El director americano (me niego a llamarlo indio) ha sido capaz de darnos al público, en lo que llevamos de siglo, la friolera de 6 películas a cada cual más polémica, no porque sus historias sean provocadoras ni violentas (para eso ya tenemos a Haneke), sino por el revuelo que causan sus críticas. En estos últimos 10 años nadie ha imprimido un estilo tan personal, inconfundible, precioso, único, íntimo y misterioso. Pero desde que hizo El Bosque el público empezó a dudar de su capacidad de volver a ¿sorprendernos? y desde entonces le ha caído una lluvia de palos inmerecidísima y desproporcionada. Sinceramente no sé qué le pide la gente o qué busca en su cine, debería hacer una simple encuesta porque mediante la lógica es imposible sacarlo. Lo que sí está claro es que si no nos da lo que queremos lo crucificamos sin más. Está de moda criticar a Shyamalan, queda muy cool regodearse en sus fiascos. Podríamos decir que Shyamalan es el iPhone 4 del cine.

Como director no es perfecto, por supuesto. Todos los directores grandes han tenido patizanos innombrables en sus carreras (véase el Jack de Coppola, el Hook de Spielberg, la mitad de la filmografía de Ridley Scott, etc). Y para mí su gran patinazo fue El Incidente. Porque reconozcámoslo, después de ofrecernos 5 historias maravillosas pasó a hacer una película donde la gente huye de la hierba. Aun teniendo dos escenas grandiosas (los primeros suicidios en Philadelphia y el encuentro final de la pareja, insuperables) la película era un fallo de principio a fin. Y ahora con su nueva cinta 'Airbender: El Último Guerrero' la gente ha vuelto a pensar lo mismo. Creemos que nos encontramos ante el truño del año y del milenio, pero no es así, ni mucho menos.

UNA HISTORIA QUE NO CALA
Como ya he dicho, no sé (ni yo mismo) qué le pedimos al director cuando nos sentamos en el cine a verle. Lo que sí ha pasado con esta última es que no hemos tenido en cuenta el producto que ha hecho, que se trata de una adaptación de una serie infantil. La gran mayoría de los que hemos ido a verle ha sido simplemente por el nombre de quien la ha hecho, algo de lo que el director puede sentirse más que orgulloso, pero no por la película en sí. Y como era lógico la crítica ha vuelto a darle palos hasta en el cielo la boca. En cambio no ha tenido en cuenta que el original de donde venía se trataba de una serie infantil, que era de dibujos animados y que encima era apta para todos los públicos. Creo que en toda su carrera no ha hecho una película con el público objetivo mejor definido. El problema es que no éramos nosotros.

Aunque toda la culpa se la achaquemos a Shyamalan está claro que el problema, en este caso, no se encuentra en el director sino en la historia. Que nosotros, como público adulto, difícilmente conectamos con ella. Con esto no quiero decir que las películas infantiles no sean para el público adulto (de hecho véanse las últimas de Pixar), pero sí que esta historia de ese guerrero a lo Moisés que controla todos los elementos no nos llega tan adentro. Shyamalan pone toda su pasión y fuerza de buen director en la primera película que la idea no es enteramente suya. Yo no he visto la serie, pero por lo visto resume toda una temporada en 103 minutos y eso se nota, que la historia va a trompicones pegando saltos. Aun así lo aplaudo, ojalá hubiese dirigido la 6ª temporada de Perdidos en hora y media nada más.


Y es en los momentos íntimos donde vemos al Shyamalan más auténtico, en los pequeños encuadres cerrados en dodne los personajes hablan del ying y el yang y el tira y afloja. Donde volvemos a ver al director que nos emocionaba con los problemas de los personajes que se confesaban los unos a los otros (Cole al Dr. Crowe, Bruce Willis a su hijo, Mel Gibson con su familia, Joaquin Phoenix declarándose a una ciega y preciosa Bryce Dallas Howard o Paul Giamatti llorando ante el recuerdo de su familia perdida, de nuevo, ante una preciosa Bryce Dallas Howard). En esta atentos a la escena donde dos personajes empiezan a hablar y llueve ceniza, increíble. Y una vez que sale de lo íntimo Shyamalan nos ofrece increíbles secuencias de acción rodadas en plano secuencia con unas coreografías de puras artes marciales calculadas y sin chorradas a lo Matrix. En el apartado actoral podemos decir que casi todos están horribles, a excepción Shaun Tobb, quien hace del Tío Iroh (que ojalá fuera mi tío). Pero bueno, los actores no importan, ¿verdad? Quien importa es Shyamalan.

LA MEJOR BANDA SONORA DEL AÑO
Pero si hay algo que hay que destacar de la cinta, y cuya simple presencia ya es motivo suficiente para ver la película, es la poderosísima partitura de James Newton Howard. Donde, una vez más, ha vuelto a demostrar que a día de hoy es el mejor compositor vivo que hay. Reconozco que su escucha aislada no me provocó demasiadas pasiones, pero cuando comencé a escucharla en pantalla y ver las imágenes que le acompañaban casi me muero (por no decir una burrada mayor) de gusto. Mis oídos lo estaban alucinando. En la actualidad no hay Director/Compositor que mejor se entiendan (y que ahora no me venga el listo de turno a hablarme sobre Burton/Elfman, como dicen los de Muchachada su última banda sonora vuelve a ser la misma mierda). Shyamalan no es nadie sin Newton Howard y, éste, no es nadie sin Shyamalan. Y en Airbender vuelve a regalarlos una de las mejores piezas de la historia de la música de cine, con un tema heroíco que ya no se podrá desprender nunca del personaje y un intimismo que hacía tiempo que no escuchábamos. Una obra maestra.

M. Night ha intentado volver a redimirse, lleva haciéndolo desde La Joven del Agua porque cree que nos ha fallado y porque nosotros, el público, somos quienes más le importamos. Pero no le hemos vuelto a dejar.

El Sexto Sentido: esa obra maestra

Un policía enciende una bengala en la calle. Ha habido un accidente de tráfico y los coches se encuentran atascados. Lynn, madre soltera de veintiocho años, espera que no haya habido heridos pero su hijo Cole, de nueve, le dice que ha habido una víctima, una mujer. Extrañada, ella le pregunta que si puede verla desde el coche. Él le dice que sí, que está junto a su ventana. En ese momento Lynn comienza a asustarse y Cole se arma de valor y le confiesa su verdadero secreto: que ve fantasmas, fantasmas que le piden cosas. Ella no sabe cómo reaccionar ni si creerse o no lo que le está contando su hijo. Cole, ante la desesperación de que su propia madre no le vaya a creer, decide arriesgarse y tocar el tema más delicado para los dos: le dice que su abuela, ya fallecida, viene a visitarle. La madre de Cole, antes de enfadarse, le pide que cambie de tema pero él insiste. Y es cuando le cuenta la historia de que la abuela fue a verla bailar. Los ojos de Toni Collete se abren de par en par ante la incredulidad de que su hijo sepa tal historia. Ella no está dispuesta a creerle, porque supondría aceptar que la historia de su hijo es cierta: que ve fantasmas. Entonces él le dice que su madre y la abuela se pelearon hace muchos años y que ella fue a verla bailar, que se escondió tras el público para que no pudiese verla y decirle que parecía un ángel. Entonces tanto Toni Collete, al igual que nosotros los espectadores, estallamos en lágrimas ante esa catársis de emociones contenidas y de miedos liberados. El personaje de Lynn acepta como cierta la traumática historia que su hijo le está contando, que está maldito y que ve espíritus. Y, tras muchos años de rabia contenida, la abuela es perdonada por su precioso recuerdo. Cole por fin puede aceptar su maldición y compartir su trauma y sus miedos con la persona que más quiere: su madre.

Fue hace ya 11 años cuando M.Night Shyamalan escribió esta secuencia (para un servidor, la mejor escena de la película y de toda la filmografía del director indio). El Sexto Sentido supuso un antes y un después en la historia del cine. Porque fue la aparición de uno de los directores más queridos y, a la vez, más odiados; alguien a quien, en cada película nueva que estrena, el público le exige lo inexigible. También fue histórico porque 1999 fue el mediático año de ese bodrio llamado La Bruja de Blair y La Guarida. El terror volvía a apoderarse de los nervios de los espectadores de fin de siglo. Por aquel entonces, El Sexto Sentido fue recordada como un revienta taquillas (fue la sorpresa del año) y como una película que volvió a hacer que el público pasase verdadero miedo. Como no encajaba en los cánones del cine de terror, inteligentemente muchos la bautizaron como un "thriller psicológico", pero si la volvemos a ver hoy en día nos daremos cuenta que es un drama en toda regla. Un drama que nos habla de la soledad de la infancia, de la dificultad de ser madre, de la frustración de perder el matrimonio por causa del trabajo, de cómo nuestras personas más cercanas no nos comprenden... pero sobre todo nos habla del miedo. De esos miedos infantiles, que nos asustaban de niños, de aquella magia que podía ser real. O de aquellos miedos más profundos que pueden ser reales.

La película no hubiese sido posible sin un soberbio Haley Joel Osment, quien dio vida a uno de los personajes infantiles más entrañables de la historia del cine. Según transcurre la película podemos sentir que es un niño verdaderamente aterrorizado por una situación que no puede controlar, por esos fantasmas terroríficos que cada noche van a verle. Osment nos brindó una de las actuaciones más memorables de la historia, al igual que su madre: Toni Collete, uno de los mejores aciertos de casting. Porque es una madre de verdad, porque si hubiesen cogido a una estrella hubiesen tenido que explotar su belleza o venderla más, pero en este caso vemos también a una actriz como la copa de un pino de quien también vemos sus miedos y problemas: miedo por no poder críar a su hijo como ella quisiese y miedo por no conocer qué le pasa ni poder ayudarle. Bruce Willis, a quien vemos en un registro totalmente ajeno a él hasta entonces (hasta el 99 lo único que hizo fue acción), confió en la cinta y de hecho dijo que era un guión de hierro. No le faltó verdad, Shyamalan tejió en su primer blockbuster un guión merecedor de Oscar, donde el miedo y las apariciones fantasmales no son introducidas como puro susto gratuito, sino que nos cuenta la historia de un niño y su relación con un psicólogo que cree que no le puede ayudar y con una madre a quien, por miedo -de nuevo-, no le puede contar su secreto más terrible. 

Esta carta de presentación le valió a Shyamalan 600M$ de recaudación mundial y seis nominaciones al Oscar (entre ellas mejor película, mejor Director y mejor guión). Pero a la vez le supuso una maldición, porque en cada nueva entrega el público le ha exigido que volviese a sorprendernos en cada nueva entrega. Y lo hizo: creímos en fantasmas, un año después hizo que creyésemos en los superhéroes, dos años después que creyésemos en extraterrestres, después en que la inocencia puede conservarse siempre intacta y finalmente, en su obra maestra, nos hizo creer que los cuentos de hadas podían ser reales. Pero, como dirían en La Joven del Agua, el público no ha sabido escuchar.

También es cierto que hace dos años nos pidió que creyésemos en que las plantas eran las mayores asesinas del planeta, pero eso es un caso aparte. Y no sé que me pedirá el viernes que viene cuando vaya a ver Airbender: El Último Guerrero. Pero lo que sí tengo claro es que, con cada película que hizo, Shyamalan (de la mano de su mejor compañero, James Newton Howard) ha conseguido que volviera a tener fe: tanto en las historias como en el mejor cine.