El pasado sábado quedé con mi amigo Fernando con la ilusión de ir a comer a un restaurante italiano. Tanto él como yo somos clientes habituales de La Tagliatella, pero tuvimos la mala suerte que el establecimiento de Plaza de Armas se encontraba cerrado por obras. En su lugar decidimos ir a La Piemontesa que se encontraba justo al lado (Marqués de Paradas 36, Sevilla), otra franquicia de restaurantes italianos de los que te plantan un plato de pasta, bebida y pagas 20€/persona por comer medianamente bien en un sitio medianamente elegante. ¿Total? La decoración era casi idéntica y la carta es un plagio, nos daba lo mismo Juana que su hermana.

Interior pizzería La Piemontesa, Marqués de Paradas, Sevilla
Interior de La Piemontesa (Marqués de Paradas 36, Sevilla)
Cuando entramos en el restaurante (aprox. las 14:20) ya había mucha gente, pero no tuvimos ningún problema para sentarnos en una mesa libre. Una chica -italiana, pensamos- nos atendió y le pedimos un par de Coca-Colas de y un pan de la casa de entrada, esas tiras de pan al horno con ajo, aceite y cebollitas. Muy ricos. A la hora de pedir el plato principal mi amigo Fernando se pidió unos Pappardella All'Oregano y Salume Ibérico y yo me pedí otros Pappardella que no recuerdo el nombre exacto de la salsa, pero sé que llevaban tomate, albahaca, bacon, cebolla y un poco de nata. Pregunté si el queso iba aparte, como hacen en la Tagliatella. La chica italiana que nos atendía me dijo que creía que no, que creía que la salsa llevaba mozzarella. Le pedí que, por favor, se asegurara de ello. Un "creo que" no me vale.

Cuando volvió la chica me dijo que todas las salsas (excepto 3) llevaban mozzarella, para darles 'cuerpo'. Aquello me mató. He de decir que lo mío con el queso es una psicopatía, una historia que viene de lejos, lo odio. Cuando la chica me dijo que todas llevaban queso intenté buscar otro plato, pero no vi ninguno que me pudiese llenar emocionalmente. Fui con la ilusión de comerme un plato de pasta y no quería comerme una pizza enclenque ni unos escalopines. Se me metió entre ceja y ceja que aquel sábado terminaría comiendo pasta fresca y no había nadie que me sacara de mi empeño. Las opciones sin queso que me dejó la camarera eran poco atractivas: la salsa bolognesa (solo tomate y carne picada, más simple imposible), la salsa de ajo, aceite y gambas (no iba a pagar 15€ por unos espaguetis cocidos y chorreados con aceite) y, la mejor de todas, una margarina simple o algo así me dijo: tomate nada más.

Yo ya me conocía el percal de este tipo de franquicias. Las salsas se preparan de un modo industrial en vetetúasaberdónde y en cocina se limitan a sacarlas del microondas. Ante semejantes opciones yo no perdí la esperanza y le pregunté a la camarera, con cara de cordero degollado, si no era posible que los cocineros me prepararan una salsa sin queso. Dijo que le iba a preguntar al encargado. Y cuando viene el encargado es cuando la cosa se pone interesante.

Me preguntó qué pasaba, como si no lo supiera ya, y yo amablemente le volví a contar toda la película. Me dijo que ellos no podían prepararme una salsa sin queso, porque -atentos- las salsas llevan un proceso de elaboración muy largo. Intentando controlar todos los músculos faciales de mi cara para no reírme en la suya, mantuve la compostura y le insistí, con educación, que cómo es que no era posible que los cocineros me prepararan una salsa en un momento. Volvió a insistirme en lo del tiempo de elaboración y que él no podía hacer nada porque es lo que le tienen dicho desde arriba. En aquellos momentos de indignación e incredulidad me preguntaba a mí mismo cuánto tiempo tardará un cocinero en juntar tomate, aceite, bacon, albahaca y nata en una sartén. Pero en esos momentos que yo ya iba perdiendo la ilusión por comer en aquel lugar comprendía que los cocineros allí no están para eso, sino que están para echar pasta en una cazuela, sacar la salsa del microondas y servirla en un plato. Nada más. Al final, el encargado terminó diciéndome que podían coger los ingredientes y hacerlo, pero me dijo (y Fernando puede asegurarlo) que aquello no sería una salsa de las suyas. Ante aquella frase yo desistí, la mala educación del encargado y su deseo de terminar pronto la discusión me reflejaba el interés que tenía mantener los valores de un restaurante decente. Ninguno.

Al final no pedí nada, pero nos quedamos. No nos fuimos por la puerta en aquel momento porque ya habíamos pedido las bebidas y el entrante, y porque tampoco quería que Fernando no comiese por culpa de mi insistencia. Pero en aquel momento yo ya me negué a darle ni un solo céntimo más a una franquicia en la que no se preocupan por el cliente y, ni mucho menos, en ofrecerle un producto de calidad. ¿Por qué estás pagando? ¿Por el trato? ¿Por la calidad de la comida? Visto cómo me respondieron y la comida (no elaborada) que me ofrecían está claro que en La Piemontesa estás pagando una media de 20€ por persona por la espectacularidad de la decoración, pero por nada más.