Tenía ocho años, repito. Tenía ocho años cuando compré mi primer CD original. No lo olvidaré jamás. Live After Death de Iron Maiden. Año 1995. Por aquel entonces la música, en Sevilla, sólo se podía encontrar en El Corte Inglés -imagínense ustedes el surtido-, el Virgin daba más coletazos que un pez moribundo y de Sevilla Rock mejor ni hablamos. Le señorita, monísima ella, embutida en una falda estrechísima, me dijo: "No te lo puedo vender, esto no es música para ti". Como pueden comprobar no empecé con buen pie.

He sido amante de la música desde que tengo uso de razón, pero no un amante como los de ahora, los que se fuman una discografía entera de AC/DC porque -por más ganas de cocaína que de trabajar- se pasarán dentro de unos meses por su ciudad, no habiéndoles prestado ni la más ínfima atención en toda su existencia. Esos que se disfrazan de seguidores de toda la vida de una música, sea cual sea, que lleva una filosofía desde su nacimiento que jamás han vivido. Becerros más oportunistas que Telecinco después del asesinato de una menor. Los mismos que te argumentan que el verdadero amor por la música no se siente sino se compra el material original. A todos ellos, a los que escuchan cuatro, doce, treinta, cien, incluso quinientos discos diferentes, les diría que no tienen ni puta idea de lo que es tener un amplio abanico de pasiones musicales.

Suscribe una persona que ha tenido que montar diversas estanterías en su cuarto porque no le cabían más discos. Alguien que se ha dejado sus ahorros y su paciencia en ver como un paquete le tenía que llegar desde Madrid, desde el País Vasco o Barcelona, porque no tenía la posibilidad de disfrutar de lo último de sus grupos favoritos. Habla, en definitiva, alguien que ha estado peleando y alimentando a la industria que lo único que ha hecho desde el principio ha sido faltarle el respeto al consumidor.

Estantería de CDs
Quitando el polvo.
Hubo un día en el que no había más espacio físico posible donde colocar más música (muchos "amantes" de pacotilla con una Billy de IKEA tienen de sobra) y mi hermano y yo decidimos empaquetarlos todos en el trastero y comenzar, muy poco a poco, una colección digital en Mp3. Esta, señores, es una de las razones por las que me olvidé del mundo de las compras originales de música, la razón más palpable, la imposibilidad natural -a no ser que me comprase una finca- de seguir teniendo colecciones y colecciones, de las que escuchaba, sentía y cantaba letra a letra. Eso, es comer música, soñar música, vivir música. Así que no me jodan con el argumentito melómano, que empezando a comprar discos con diecisiete años (algunos ni eso) no sé como tenéis la poca vergüenza de definiros de algunas maneras.

La segunda razón y no por ello menos importante, reside en la industria en sí. Ellos y sólo ellos son los culpables de su situación actual, unas ventas nefastas y unos planes altamente patéticos para intentar incrementar sus cuentas corrientes. El problema lo tengo yo ahora porque me resultará muy complicado intentar ordenar tanta poca vergüenza. 

Vamos a intentarlo:

Comercio:
Las discográficas han estado años convirtiendo el arte en negocio. Estirando hasta rasgar toda una tela simbiótica que estaba muy unida en la relación Artista/Consumidor. Hasta ahí todo bien. Yo decido pagar X por un trabajo realizado por Y. Todos contentos.

Negocio:
El capitalismo más sucio empieza a dejar su señal. Las ganancias se estiran al máximo. Se firman contratos bajo cláusulas inverosímiles, como obligar al artista a sacar cinco discos en tres años, lo que llevó a cientos de autores a entrar al estudio con tres composiciones nuevas -horribles- cinco versiones y cuatro anteriores remasterizadas, portada nueva, precio, 2300 ptas. Contrato cumplido.

Producto:
Terminamos pagando por lo que vomitaban. La calidad dejó de importarles hasta a los propios autores ya que tenían en mente no pagar las indemnizaciones por incumplimientos de contratos. He aquí esa gran época en la podíamos comprar discos originales deseosos de disfrutar de su magnífico libreto para desmenuzar sus letras y nos topábamos con la simpleza de portada y contraportada. Fin. Se ahorraban hasta en diseñador gráfico.

Estafa:
No sabría si denominarlo como genialidad comercial. Será el único ejemplo con nombres y apellidos que ponga. Nightwish, famoso grupo finlandés de power metal sinfónico: Su discografía oficial se compone de doce discos de estudio, de entre los cuales repite más de veinte canciones. En su momento, mínimo a 2600 ptas. cada uno. Veintidós singles en el mercado, normalmente cada uno con tres versiones de la misma canción. Versión original, Radio Edit e Instrumental. Es decir, mismo master, pero con una pista menos cada una. 1400 ptas. el más barato. Once compilaciones, es decir, once jodidos recopilatorios, en la que si tenías suerte daban un detalle diferente. Una versión en otro idioma, un Box-Set, un DigiPack. Miseria. Y ya para finalizar, para aprovecharse del fenómeno fan coleccionista, para reírse en tu cara y hacerte perder la dignidad, sacar el mismo disco con dos portadas diferentes, en el mismo país, en la misma tienda, uno al lado del otro.


Esto no se lo tomen a modo de ejemplo aislado, era el pan de cada día. Lo he citado por hacerlo más palpable, más plástico ya que fue un caso determinante en mi vida a la hora de no seguir haciéndoles la cama a una panda de ladrones. Súmenle toda esta mentira a más de doscientos grupos, a una media de cuatro discos por grupo y a otra media de 1800 ptas. por disco -estoy tirando a lo bajo- y sumen. Tenemos casi un millón y medio de las antiguas, de la que un 15% aproximadamente (calculo yo) está copiado y pegado. Otro porcentaje, que ni me paro a valorar, no vale nada.

Ahora imaginen mi cara cuando instalé el Napster, o el AudioGalaxy o el eDonkey2000, haciendo uso del 100% de la legalidad y vi, atónito por mi parte, como los que llevaban años aprovechándose de mi inocencia se inventaban argumentos para echarnos la culpa de todo, de sus pérdidas económicas personales. Abanderados por sus propios artistas, con Rosario Flores gritando literalmente "Nos estamos muriendo de hambre", con doce discos de platino y cuatro de oro.

Es por esto, a grandes rasgos, por lo que decidí en su momento no volver a comprar jamás ningún disco original de música y me dedico a consumir de manera legal -repito- de manera legal el producto que considere interesante. Bajo mi punto de vista la responsabilidad no recae sobre el último eslabón, esto viene de años atrás. Lo que ocurre es que a algunos nos ha tocado vivir la época en la que tenías que estar atento a la radio, memorizando las dos primeras notas de tu canción favorita, pletina en la mano, corriendo para darle al REC y ya venimos por el camino de vuelta. Los que han nacido no hace tanto, que se bajen el disco y que decidan, sin salir de casa, si Amazon se lo manda en un par de días.


@pixelinpictures