Tras meditar durante una noche entera sobre la clase magistral que nos dio ayer el director Boyle en la ceremonia de inauguración de los JJ.OO. voy a intentar mostrar los aciertos y los errores de este acto.

En las ceremonias de inauguración olímpicas está todo establecido. Durante los más de 110 años de historia de los Juegos de la era moderna se ha ido conformando un guión que se ha mantenido en el último medio siglo:

  1. Primero, presentación del país.
  2. Segundo, desfiles de atletas.
  3. Tercero, apoteosis olímpica.

Estos tres actos giran, a su vez, sobre otras pequeñas escenas que hacen de la ceremonia un auténtico reloj suizo que hace que todo avance. Es aquí donde Barcelona ’92 supuso un antes y un después en las ceremonias de inauguración, pues dotó al primer acto de un carácter teatral y al tercero de una espectacularidad como nunca antes se había visto. La Fura dels Baus y la dramática noche con un arquero y una flecha en llamas firmaron ambas partes. 



¿Qué ha supuesto la ceremonia de Londres 2012?

Pues vamos a diseccionar cada parte:

La presentación de Reino Unido fue en consonancia con el espíritu anglosajón de superioridad y ombliguismo, pero es que hay que reconocer que Reino Unido hace Teatro, Cine y Televisión con mayúsculas. Y este acto fue Espectáculo, no un espectáculo. Desde la campana shakesperiana hasta Hobbiton o Mr. Bean estábamos ante una ceremonia dinámica, cinematográfica, histriónica y teatral. 

Los mejores momentos, sin duda, la llegada de la reina vía aérea y escoltada por 007 y Mr. Bean en Carros de Fuego; y los peores, la escena musical en homenaje del creador del World Wide Web (que no Internet) parte mal hilvanada y aburrida y el homenaje a los fallecidos (el director se creyó que eran los Oscars…) Penoso final para el primer acto. 

¿Qué faltó? Pues, quizás, Benny Hill persiguiendo a la primera deportista saudí y quizás los Monty Python discutiendo sobre el perfecto inglés para terminar de presentar al famoso humor inglés.

El desfile de atletas fue como siempre aburrido. Lejos quedan ya esos desfiles militares de deportistas (en 1936 la delegación estadounidense con mano en el pecho correspondió el saludo a Hitler) que aunque igual de aburridos eran mucho más rápidos. Crítica aparte merecerían los uniformes nacionales (y nos quejábamos de los nuestros) y el desdén real de Isabel II, desde luego ella está por encima de todo y de todos…

Y por último, la apoteosis olímpica. Parte, sin duda, que prometía con las palomas psicodélicas (desde que se quemaron las palomas en Seúl 1988 es una parte más simbólica que real para descanso de estas pobres aves) y que supuso la gran decepción de la noche con una entrada de la bandera olímpica sin emoción ninguna y un encendido de la antorcha (¿efímera?) sin dramatismo. El error fue el intento excesivo de innovar o repetir una fórmula ya superada y digo ya superada porque en Seúl 88 fueron tres jóvenes quienes encendieron el pebetero (sin ser deportistas) Un enorme error por quitar a los verdaderos protagonistas de los JJOO el honor de llevar las insignias del olimpismo.

Una ceremonia que fue sin duda de más a menos y que sin embargo se ha convertido en la mejor ceremonia de inauguración de la historia del olimpismo moderno.


José María Ramírez Calzado  (@josemariarc)