La Navidad no admite medias tintas: se la ama o se la odia. No nos referimos a la festividad religiosa, que unos ignoran y otros viven en sus conciencias y sus casas, sino a la Navidad sentimental que la Inglaterra del siglo XIX donó o impuso -según se sea amante de ella o no- a la humanidad. Es la Navidad de las luces en las calles, los abetos adornados, el sentimiento desbordado, la memoria de felicidades pasadas, los renos, el muérdago, los regalos y Santa Claus. Yo la odio. Son unas fechas que deseo que pasen rápido en el calendario. Tanta felicidad navideña y tanta alegría rebosante que pocas veces he podido disfrutar me han ido convirtiendo en un pequeño Ebenezer Scrooge. Pero permitidme que os explique durante un momento mi particular cuento de navidad.

Siempre hemos sido una pequeña familia; pequeña, pero una familia al fin y al cabo. El ritmo de estas fiestas siempre lo ha marcado el trabajo de mi madre, el cual nos ha atado geográficamente a esta ciudad. Y desde hace unos años el destino quiso que en nuestras cenas y comidas, a pesar de estar los mismos de siempre, faltase físicamente una persona. Por otra parte hace ya mucho que no hacemos la tradicional cena de noche buena, puesto que comenzamos a tener una edad en la que no podemos atiborrarnos de pierna de cordero a las 10 de la noche a no ser que nuestro postre sea una riquísima tarta de almax. De grandes cenas las sepulturas llenas, como diría el refrán.

Y es en esta parte de la historia donde entra el juego la envidia sana. Envidia sana por querer escapar de tu casa para dar una vuelta o ver a alguien y que éste te diga que no puede porque tiene otra comida. Envidia sana por ver cómo todos tus amigos viven la navidad con sus tíos, sus abuelos, sus primos, sus otros primos más lejanos, ríen, comen, cantan y se cuentan todas las historias que no se han contado a lo largo del año. Pero ojo, no os confundáis, no cambiaría por nada del mundo el modo en que yo vivo estos días con mi pequeña familia ;)

Por cosas como estas deseo que pasen rápido estas fechas y por cosas como estas me estoy convirtiendo en un pequeño Scrooge. Y esto no sería un cuento de navidad si esta Nochebuena no recibo la visita de 3 Antonios: el Antonio de las Navidades Pasadas, el Antonio de las Navidades Presentes y el Antonio de las Navidades Futuras. Cada uno de ellos me mostrará diferentes cosas de las que debo aprender:
  1. El Antonio de las Navidades Pasadas me enseñará los recuerdos que hemos tenido juntos a lo largo de este tiempo, lo bien que lo hemos pasado y me hará ver que aquello malo que hayamos superado juntos eran simplemente paparruchas... 
  2. El Antonio de las Navidades Presentes me enseñará la dicha que poseo por teneros como amigos, amigas, compañeros, lectores de mis opiniones... y por todo lo que hacéis por aguantarme.
  3. El Antonio de las Navidades Futuras me mostrará todavía lo mucho que me queda por recorrer y por compartir, siempre juntos y con lo mejor que nos pueda brindar este 2012 que entra. Confío en que el traje negro y esquelético con el que deberé aparecerme me quede bien.
Truman Capote escribió en 1983 el relato Una Navidad, que terminaba con estas palabras que una tía solterona le dirige al niño que fue Capote, después que su padre, borracho, le dijera que Santa Claus no existe: "Por supuesto que Papá Noel existe. Sólo que es imposible que una sola persona haga todo lo que hace él. Por eso el Señor ha distribuido el trabajo entre todos nosotros. Por eso todo el mundo es Papá Noel. Yo lo soy. Tú lo eres. Incluso tu primo Billy Bob lo es. Ahora duérmete. Cuenta estrellas. Piensa en la cosa más apacible. Como la nieve...". 

Desde le envidia más sana y el cariño más sincero os deseo que disfrutéis estos días, esperando que cada uno tengáis la visita de vuestros propios espíritus, y que recibáis con alegría y con mucha ilusión este 2012 que entra. Feliz Navidad a todos.