23 años después nos ha llegado la segunda parte de aquella cinta que en los años 80 supuso una crítica feroz a los tiburones y chanchulleros de la Gran Manzana: WALL STREET. Resulta imposible desligar el recuerdo de aquella cinta y el de la nueva a la visión de su peculiar director, Oliver Stone, uno de los tíos más incongruentes de todo Hollywood. Porque no tiene sentido que, después de todo el escándalo que va armando por el mundo asociándose con asesinos y gorilas, finalice sus películas con happy endings, como le ocurre a esta última. Stone fue uno de los directores más visuales y críticos que dio la década de los 90. Pero a su vez ha sido uno de los peores directores del siglo XXI, regalándonos bazofias del tamaño de Alejandro Magno y World Trade Center. Sobre todo esta última, que se suponía que sería otra de sus feroces críticas a todo lo ocurrido en el 11-S y terminó siendo el típico relatillo de supervivencia de 2 bomberos. Encima Nicolas Cage veía a Cristo entre las ruinas, una vergüenza.

Lo mismo le ha vuelto a ocurrir con la nueva entrega de Wall Street, aprovechando que hace ya tiempo que ha explotado aquello que en verano del 2008 comenzábamos a llamar "crisis" (y de la que todavía no nos hemos levantado, por mucho que los ministros de mi gobierno se empeñen en decir que mi país comienza a ver signos de recuperación). A Oliver Stone se le ha puesto en bandeja la crítica de la situación financiera a nivel mundial y ha terminado su relato convirtiéndolo en otra de sus historias con moralina entre personajes. Lo que se supondría que debía haber sido la CRÍTICA con mayúsculas termina siendo una pastelada entre Michael Douglas y su hija en la ficción, la a veces guapísima y a veces feísima Carey Mulligan. Los espectadores que conocemos al director echamos en falta la mala leche que soltaba en sus películas de hace 20 años.

El dinero es como una mujer:  Ella se acuesta contigo por las noches. El dinero es como una puta cuando duerme. Y está celosa. Y si no restas atención... por la mañana se puede haber ido para siempre.

No obstante, la película cuenta con momentos brillantes, que merecen a destacar dos: en primer lugar, todos y cada uno de los planos en donde aparece Michael Douglas. A pesar de las chorreces sentimentales que se traiga con su hija, 20 años después de salir de prisión sigue siendo el tiburón más poderoso de las finanzas y del cine, comiéndose en pantalla a cualquiera que se le ponga por delante, en especial a Shia LaBeouf (a quien todavía le quedan muchos años para quitarse de encima esa imagen de joven rebelde revolucionado por las hormonas y que conduce coches que se transforman). Michael Douglas vuelve a desplegar todas las razones por las que le dieran un Oscar allá por el 87 y por las que muchos neuyorkinos estúpidos quisieron hacerse brokers -sin darse cuenta que él era el malo, prubinos-. Cada frase que pronuncia Douglas en la película nueva, al igual que en la antigua, es digna de ser enmarcada o tuiteada, demostrándole al público que de todo el reparto él es el mejor, aunque no hace falta que lo demuestre. De todas maneras, la película cuenta con otros poderosos secundarios como Frank Langella, excelente siempre en todas sus películas, y Josh Brolin, quien ya se siente a gusto rodando con Stone. Y se nota que disfruta.

He de confesar que, respecto a temas bancarios y financieros, sigo siendo un ignorante. Eso de la bolsa, de comprar y vender y revalorizar las acciones es algo que escapa a mi corto entender. De hecho, debido a tantos tecnicismos que manejaba la primera entrega, cuando la vi me perdí parte del juego y jugo de la película. Este "fallo" (que no es de la película, sino mío) vuelve a repetirse, y aquel espectador que entienda poco de economía le digo ya de antemano que parte de la gracia podrá perdérsela.

Pero aun así hay otros muchos factores con los que quedarse. De todos ellos, yo me quedo con el segundo momento brillante que mencionaba anteriormente: el cómo la información es capaz de derrocar en cuestión de minutos y horas un imperio asentado durante décadas. En este caso, la información que se maneja en la Wall Street del año 2010 no es la misma que la de 1987. Ahora ha entrado a jugar un nuevo competidor en todo este mundo de la bolsa: Internet, ese jugador poseedor de información, poderoso, incontestable, inderrocable, capaz de expander noticias y rumores que asesinan imperios en cuestión de horas. Me resulta extraño que Stone no introdujese ningún guiño a las redes sociales, en especial Twitter. Pero bueno, es algo que nosotros solitos somos capaces de deducir. Es en este nuevo apartado, en la red de redes jugando en Wall Street 20 años después donde los espectadores encontrarán el jugo (¡Cómo! ¿Que tú me vas a joder? Pues ahora te voy a joder yo de forma 2.0, lo vas a flipar). Los últimos 20 minutos son, simplemente, brillantes.

Finalizando, como último apunte la película puede hacerse un poco larga, le sobran 15 minutos. Pero aun así Wall Street nos devuelve, 23 años después, a un Michael Douglas en estado de gracia. Tampoco podemos negar que Oliver Stone vuelve a sacar todo su arsenal y el visionado de la película se hace muy dinámico ya que visualmente es un disfrute. Pero también hemos de reconocer que, críticamente, Stone se encuentra en horas bajas (lleva así ya casi 10 años y no levanta cabeza).