"Mira cómo golpea la roca el picapedrero, tal vez un centenar de veces, sin lograr hacerle mella. Pero al centésimo primer golpe la parte en dos, y yo sé que no lo logró el último martillazo, sino todos los anteriores"

Esta frase del periodista Jacob Riis puede resumir perfectamente el sentimiento de un país entero. Cuando ayer Andrés Iniesta marcó su ya histórico gol en el min. 117 los amantes del fútbol estallaban en lágrimas y emoción. Lágrimas de alegría y liberación, lágrimas de rabia contenidas que salían de los ojos de los aficionados al ver que, por fin, se hacía justicia en un partido que debimos haber ganado por clara diferencia pero que, por culpa de 11 hombres vestidos de naranja y uno de negro, no pudimos. Ayer España disputó su primera Final en un Mundial ante uno de los equipos más guarros que jamás se han visto jugando. Holanda sabía que para ganarnos tenía que ir más allá. Pero creyeron que ese más allá consistía en violencia y patadas que no he visto ni en mi barrio.

Nunca me he considerado futbolero. Soy del Sevilla Futbol Club. Y soy de la Selección Española. Pero jamás he sentido la pasión de este deporte como muchos españoles. Aun así eso no me impidió sentir la emoción del partido de ayer, la rabia, la indignación, la esperanza, la desesperanza, la ilusión, la alegría, el éxtasis, la celebración, el cariño, las lágrimas de mis amigos y vecinos... Comprendí cada una de las preciosas estrofas que decía aquella canción de Melendi hablando sobre el fútbol: "No es cosa de niños ni es cosa de viejos, el deporte rey es corazón de obrero / No es sólo un balón entre dos porterías, es una afición que llora de alegría". Y entonces comprendí cada pito de ayer, cada OeOeOeOe, cada petardazo, cada sonrisa. Fue como dijo mi amigo Iscovié: "Por Dios, ganad algo que estamos en crisis". Era una victoria necesitada y merecida, sobre todo para los corazones de muchos en estos años tan malos que estamos pasando. Sé que el deporte no puede compararse ni a la cruda realidad, ni a la política ni a aquellas cosas importantes que no podemos olvidar. Pero la alegría y la explosición de felicidad del deporte es algo que no se puede describir, pero que inunda los corazones con alegría.

Ayer España sabía que tenía que saltar al campo para ganarlo todo. Ya era premio haber llegado tan lejos, pero en el fondo de nuestro corazón (por mucha deportividad que haya) ser segundos no nos bastaba. Había que ganar. Además íbamos con la bendición de Paul. Era la primera vez en nuestra vida que llegábamos a semifinales, la primera vez en nuestra vida que llegábamos a una final. No podíamos irnos con una simple medalla. La copa había que traerla de vuelta. 

Por justicia y por cariño a todos aquellos niños que desde hace 80 años soñaban con ver los colores de su país levantando la Copa de la FIFA. Por ser los mejores del mundo. Como diría mi amigo y compañero Rodrigo, por todas esas tardes dando balonazos en alguna cochera o perdiendo pelotas en los tejados...