Segovia tiene muchísimos lugares interesantísimos para ver: desde su famoso Acueducto, pasando por la Catedral de Santa María, las antiguas calles de la ciudad y el Palacio Real de la Granja de San Ildefonso, situado a apenas 10Km, un pequeño Versalles en miniatura. Pero de todos los lugares, hubo uno que a Jose María y a mí nos llamó poderosamente la atención, sobre todo por la leyenda que nos contaron mientras lo visitábamos. Se trata, como no, del Alcázar y la leyenda del Infante Don Pedro.


Don Pedro era el hijo del Rey Enrique II y allá por el año 1366 se encontraba jugando por los balcones del Alcázar, esa fortaleza inexpugnable que corona la ciudad y está en lo alto de un monte. Cuenta la leyenda (aquí viene esa parte de misterio y de verdad) que Don Pedro era un niño de pecho y que mientras lo cuidaba su ama, y en un descuido de ella, se le deslizó de los brazos y cayó al vacío. La ama pudo ver, a cámara lenta y en alta definición, cómo el niño se despeñaba a lo largo y ancho de los 80 metros que separaban el balcón del suelo segoviano.

Cuando Don Pedro confirmó que tocó tierra con un sonoro ¡PUM! la cuidadora se vio en un dilema: qué hacer ahora o cómo explicarle al REY que su hijo se le había caído por un barranco. No era un trago fácil de digerir, ni es como cuando se te resbala el botellín en una discoteca. Estamos hablando de un niño de 7 años. Además no un niño cualquiera, qué va, el que se te ha caído por el balcón es el Hijo del Rey, ¿vale?. El futuro heredero de la corona (¡aun siendo bastardo!).

Podéis imaginaros el ataque de ansiedad que le empezó a entrar a la chavala, que cuentan los escritos que rondaba los 15 años. Estábamos en 1366 y ni existía Spider-Man (que seguro que lo hubiera cogido al vuelo) ni los menores estaban amparados por la Ley como hoy en día. Ella se vio en la tesitura que tal cual le explicase la situación al Rey éste le cortase la cabeza, allí mismo en el Salón del Trono, sin hablarlo antes con un par de cervezas ni discutir lo que había pasado. Por aquel entonces este tipo de noticias no sentaban muy bien. Como dirían las chicas del siglo XXI ante este tipo de problemas: la había liado parda.

¿Qué hizo la ama? Tirarse tras el niño. No porque tuviera la esperanza de agarrarlo antes de tocar el suelo, sino porque sabía el destino que le esperaba. Sabía que la muerte ya le estaba llamando con el dedo al lado de Don Pedro, donde le correspondía. A día de hoy hay una cruz de hierro en el lugar donde cayeron ambos. La leyenda nos invita a pensar lo mucho que debía querer la ama al niño que tenía a su cuidado, aunque suponemos que lo más lógico fuese que se lanzara para evitar las dos peores horas de su vida.

La tumba de Don Pedro puede visitarse en la Capilla de Santa Catalina, en la Catedral de Segovia. Como curiosidad (aunque ya imaginaba la respuesta de antemano) pregunté a los guardias de la Catedral si la ama también estaba enterrada por aquí, a lo que me dijeron que no. Lógico: el hijo de un Rey fallecido por accidente puede ser enterrado, pero no creo que el mismo santuario pueda compartirlo una niñata de 15 años que, aun por mucho que lo pudiese querer, se le escapa un niño de los brazos. 

No paramos de pensar en la Leyenda en todo el viaje. Era apasionante, a la par que irresponsable. 

También escuchamos, mientras visitábamos el Alcázar, que parte de San Juan de la Cruz estaba enterrado al lado de nuestro Hotel. Digo 'parte' porque cuando Segovia se peleó con Úbeda por los restos del Santo, el Papa de aquel entonces puso fin a la discusión con la manera más lógica y humana posible: Despedazaron al pobre San Juan y los brazos y piernas se quedaron en Úbeda, mientras que tronco y cabeza se fueron a Segovia. Lástima que los restos no estén visibles, hubiera sido cuanto menos chocante.