(nota: crítica realizada en octubre'09)

Aquellos espectadores que hayamos ido a ver la nueva película de Amenábar, Ágora, DEBEMOS actuar como la protagonista de la historia. Debemos cuestionarnos aquello que nos rodea, debemos ser críticos y preguntarnos (ajustándonos al ámbito que nos corresponde, el cine) el porqué de la masiva afluencia de público para ver la nueva cinta del director español, puesto que tal éxito no se corresponde a la calidad de la misma, teniendo más defectos que virtudes. Aunque habría que matizar que tampoco es malo que las salas estén llenas, todo lo contrario, puesto que se revitaliza nuestra industria y ayudan a un ya pésimo panorama cinematográfico español, pero Amenábar todavía debería corregir muchos errores más propios de un principiante que de alguien que lleve casi 15 años haciendo cine (Tesis se estrenó en 1996).

Ágora nos sitúa en la ciudad egipcia de Alejandría, en el año 415, cuando cristianismo, paganismo y judaísmo se cruzaban en la ciudad intentando cada una sobreponerse sobre el resto. Dentro de este marco político nos presenta la figura de Hipatia, la (desde hace 6 meses) famosa astrónoma que cuestionaba todas y cada una de las voces que la intentaban someter a algún pensamiento. Pero afirmar que la historia gira sobre esta figura sería un error, puesto que Amenábar navega entre la biografía de la egipcia y entre la problemática de la ciudad, decantándose más por la 2ª y dejando de lado a la protagonista, cuya presencia podríamos afirmar que es el McGuffin para esta historia: el nexo de unión o una excusa para criticar la intolerancia ante el fanatismo religioso, mostrando las diferentes revueltas entre las corrientes religiosas en las cuales ella estaba de lleno involucrada y para denunciar que, tras 15 siglos de evolución, seguimos siendo los mismos ciudadanos que seguimos ciegamente una doctrina y que si hiciera falta nos liábamos a pedradas con el vecino porque alguien –o algún libro- lo diga.

Amenábar no logra encontrar bien el género o el enfoque adecuado y, entre tanto (costoso) decorado se pierde con la dirección de actores, a lo que tampoco ayudó un casting poco acertado y, ni mucho menos, una fría Rachel Weisz, quien demuestra poca pasión por el personaje (como le pasa a muchos actores extranjeros en producciones españolas, recuérdese el penoso Alatriste de Vigo Mortensen). Viendo los resultados generales del reparto, quizás no hubiese hecho falta hacer un casting inglés, pudiendo así promocionar nuevos rostros que seguramente se hubiesen entregado más ante una oportunidad tan grande como esta.

Entre la torpe dirección y el mal reparto, uno DEBE preguntarse si los verdaderos genios de esta película fueron los señores que orquestaron la campaña de marketing, porque si le pidiésemos a alguien que nos nombrase otros 3 títulos españoles estrenados en los últimos meses nadie sabría contestarnos. Hemos ido al cine porque era Amenábar, porque era la película más cara del cine español y porque habría que amortizarla, Telecinco nos lo ha dicho, pero no por ninguna otra razón.