A finales de 1997, James Cameron estrenó su película más “titánica”, dejando tras él un legado de 11 Oscars, 1.800 millones de dólares de recaudación mundial y una autoproclamación de que era “el rey del mundo”. A día de hoy, su nueva película comercial tras 12 años de ausencia ha vuelto a encumbrarle como el rey del mundo (Hollywood), demostrando que el único capaz de superar a Cameron es el propio Cameron. Desde que se supo la noticia del rodaje de Avatar, allá por Junio del 2005, todos los ojos del mundo del cine (tanto de la industria como del propio público) han estado esperando ansiosos por ver su nueva obra, ya que Cameron decía que la técnica 3D con la que rodaría la película revolucionaría el cine.

Desde su estreno, Avatar ha batido todos los records de taquilla (incluso los de la propia Titanic) y records de amantes/detractores a partes iguales. De estos últimos el argumento más sólido en el que se apoyan es que dicen que el guión de James Cameron está poco trabajado, que es muy simple, que está plagiado de historias mil veces vistas. Es indudable que la base sobre la que se asienta ya se ha visto otras veces (hombre que visita una cultura tecnológicamente inferior, cuyos superiores pretenden eliminarla pero de la que él se enamora y ahora deberá luchar por ella –Bailando con Lobos, Pocahontas, El Último Samurái-), pero con esta estrategia Cameron no puede demostrar más inteligencia por su parte, ya que al desarrollar una historia sencilla (que no simple) se asegura un abanico de espectadores más amplio todavía. Además, el cine de Cameron siempre se ha construido sobre historias sencillas, sobre sinopsis que bien podrían resumirse en dos líneas; lo que no se comprende es por qué ahora parte del público le exige algo que nunca ha hecho y de lo que nadie se había quejado hasta ahora (sinceramente, porque no hay de qué quejarse). Aun así, Cameron nos vuelve a dar una historia para todos los públicos, para todas las edades, sin excluir a nadie y ofreciéndonos exactamente aquello que los espectadores hemos ido a buscar: la aventura, el descubrir un mundo nuevo, el romance, la acción, la emoción. Todo de la mano de un realizador cuyo mayor objetivo a lo largo de toda su carrera ha sido el público, que es al fin y al cabo a quien deben ir dirigidas las películas.

Mucho se ha hablado y se ha discutido sobre la otra gran polémica de este film, que no es otra que el uso de la tecnología 3D. ¿Está justificado? ¿Realmente es necesario? Está claro que la industria del cine está en crisis, como ya le ocurrió hace más de 50 años con la llegada de la televisión, que le estaba quitando espectadores al cine. Y al igual que entonces, que Hollywood lanzó numerosas películas grandes y pomposas para que el público volviese a las salas, hoy la industria ha encontrado en el 3D a su aliado perfecto, ya que es una técnica espectacular con el punto a su favor que no puede ser pirateada. Y James Cameron ha sabido aprovecharla al máximo como herramienta narrativa, no para impresionarnos visualmente a los espectadores “lanzándonos cosas a la cara” (en palabras del propio director) sino para adentrarnos en la historia, para meternos plenamente en ese nuevo mundo llamado Pandora, donde la técnica está plenamente al servicio no ya de la historia sino del planeta en el que intentamos adentrarnos, donde logra que cada planta y cada montaña nos rodee completamente. De entre todas las experiencias que el cine ha podido dar, visual y técnicamente Avatar es la que más se parece a la visión humana: donde en el encuadre vemos al protagonista que está en primer plano, y la mesa detrás suya, y el despacho que está al fondo, y cómo los personajes entran y salen del entorno tan increíble que ha creado.

Por otra parte, Cameron ha vuelto a demostrar no sólo que domina la técnica sino también aquello que está contando, pudiendo decir sin titubear que nos hemos (vuelto) a encontrar con uno de los mejores narradores de este séptimo arte. El ritmo de la película no decae en ningún momento, dándole un repaso al tan encasillado cine de acción y aventuras de la última década y volviendo a poner en pantalla espectaculares secuencias que en manos de cualquier otro realizador no hubieran sabido qué hacer con ellas. La batalla final es un vibrante y brillante ejercicio de planificación y acción de 15 minutos que deja en ridículo a cualquier batalla épica que hayamos visto en los últimos años (y de quien deberían aprender los „Jacksons‟ y los „Zemeckis‟). Cameron sabe qué dar al público en cada momento. Aquellos que la hayan visto habrán podido comprobar esta última afirmación en la escena en la que la pareja protagonista se declaran amor el uno al otro bajo un árbol, una escena que al principio propicia las risitas y los comentarios graciosos por lo ridículo que parece en principio (dos personajes de 3 metros y azules flirteando el uno con el otro no deja de resultar chocante); pero cuando la pareja finalmente se besa… todas las salas de cine se callan por un instante, dejando en evidencia que verdaderamente era el momento que todo el mundo estaba esperando y que quería ver. Y Cameron lo sabía, y nos los dio.

Se ha dicho que Avatar sería una revolución para el cine. Quizás no sea revolucionario en el sentido estricto de una fecha con un antes y un después, pero lo que sí está claro es que Cameron ha sido el primero de los muchos que vendrán después (empezando por Burton con su Alicia y Spielberg con su Tintín) cuando la tecnología se abarate y todo el mundo se apunte al carro del 3D y perfeccionen la técnica de la que él lo único que ha hecho ha sido abrirnos la puerta. Se han escuchado muchas críticas a este nuevo sistema, (y concretamente con esta película, es curioso ver cómo los que critican Avatar están deseando de ver lo mismo pero con Tim Burton) pero sería injusto criticar algo que todavía está naciendo y que seguramente nos aporte nuevas formas de ver y experimentar el cine.

Por el resto de los apartados, técnicamente Avatar roza la perfección. Suponemos que en la próxima entrega de los Oscars el hecho de que haya otras competidoras por fotografía, sonido y efectos especiales será pura formalidad (o puro teatro para no dárselo directamente, que es lo que deberían hacer). Cuando termina la película, si uno se queda sentado y ve cómo corren los créditos no puede hacer otra cosa que admirar la labor de Cameron no sólo como cineasta y narrador, sino como hombre capaz de coordinar a un equipo humano tan descomunal y que, de entre todos, haya salido un film de tanta belleza y emoción. Los actores están en estado de gracia, desde un Sam Worthington que aprende a mirar y a observar la belleza escondida a una (digital) Zoe Saldana que nos trasmite con pasión y emoción todos los sentimientos de su personaje; sin olvidarnos de Sigourney Weaver, todo un homenaje a su Ripley (que esta vez no lucha contra los alienígenas, sino que da su vida por ellos) y con un implacable Stephen Lang, otro homenaje claro hacia Cameron: su personaje no es el villano de la función, es un auténtico Terminator que no se detendrá ante nada.

Por mucho que se critique, a los 20 minutos de película Cameron logra que nosotros, el público, nos olvidemos de que los protagonistas son azules, que están hechos por ordenador y nos dejamos llevar gratamente por su historia. Además, recientemente ha saltado la noticia de que el estudio planea hacer dos secuelas más. Algo lógico, teniendo en cuenta la cantidad de millones de dólares invertidos para desarrollar el mundo de Pandora y la tecnología 3D haría que las siguientes entregas resultasen mucho más baratas. Y porque, sinceramente, estamos ya acostumbrados a que los estudios exploten una gallina con sus huevos de oro. Pero lo que podemos sacar en provecho nosotros los espectadores es que si Cameron vuelve a coger las riendas de la segunda parte seguramente calle las voces de aquellos que le han criticado, dándonos un guión más “trabajado” y nos vuelva a dar escenas de infarto. Porque debemos recordar que a este hombre siempre se le han dado mejor las secuelas que las primeras partes: desde la graciosísima Piraña 2, pasando por la magistral Aliens y, sobre todo, por su obra maestra: Terminator 2. De una posible Avatar 2 lo único que podemos esperar es que supere con creces a su predecesora. Sin ninguna ambición de batir ningún record, porque ya ha superado todo lo que tenía que superar.